A. pizarnik

explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome

martes, febrero 15

fragmento final...señor dios, soy anna♥


Al día siguiente volví al cementerio. Me costó mucho encontrar la tumba de Anna, acurrucada como estaba al fondo del cementerio. Yo sabía que no había lápida alguna, solamente una simple cruz de madera con el nombre: «Anna». Después de una hora, la encontré.

Había ido en su busca con un sentimiento de paz interior, como si el libro se hubiera cerrado, como si el relato hubiera sido la historia de un triunfo, pero eso no me lo había esperado. Me detuve boquiabierto. Eso, eso era. La pequeña cruz se inclinaba, ebria, con la pintura descascarada, y ahora estaba el nombre: ANNA.

Tuve ganas de reír, pero uno no se ríe en un cementerio, ¿o sí? No sólo tuve ganas de reír, tuve que reír. No podía dejarla así encerrada, y la risa me hizo correr las lágrimas por la cara. Arranqué la pequeña cruz y la arrojé entre unos arbustos.

-Está bien, Señor Dios, me convenciste -exclamé-. Viejo amigo, Señor Dios. Es posible que a veces seas un poco lento, pero vaya si al fin y al cabo no te sales con la tuya.

La tumba de Anna era una radiante alfombra roja de amapolas, respaldada por una guardia de altramuces. Un par de árboles se susurraban cosas, y una familia de minúsculos ratones correteaba entre el césped sin cortar. Ese era el lugar de Anna. ¿Qué otra señal necesitaba? Un quillón de toneladas de mármol no podían mejorarlo. Me quedé allí un rato más y, por primera vez en cinco años, le dije adiós.

Mientras volvía hacia la entrada del cementerio pasé junto a innumerables querubines de mármol, y ángeles y portales. Me detuve frente a los tres metros y medio de ángel de mármol que después de sabe Dios cuántos años, seguía empeñado en depositar su ramillete de flores marmóreas.

-Hola, viejo amigo -le saludé-. Jamás lo conseguirás, no te esfuerces.

Ya en los portones del cementerio, volví a entrar, con un grito:

-La respuesta es «En medio de mí».

El dedo de un escalofrío me recorrió la espalda y me pareció oír la voz de Anna:

-¿A qué pregunta te lleva esa respuesta, Fynn?
-Es muy fácil. La pregunta es: «¿Dónde está Anna?»
Había vuelto a encontrarla. A encontrarla en medio de mí.

Y supe, sin ninguna duda, que en alguna parte, Anna y el Señor Dios se reían.


CUANDO ME MUERA
               por
           A N N A

Cuando me muera,
me moriré sola.
Nadie se morirá por mí.
Cuando esté dispuesta
te diré,
«Fynn, ponme de pie»,
y miraré
y me reiré
alegremente.
Si me caigo,
es que ya he muerto.

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