Al día
siguiente volví al cementerio. Me costó mucho encontrar la tumba de Anna,
acurrucada como estaba al fondo del cementerio. Yo sabía que no había lápida
alguna, solamente una simple cruz de madera con el nombre: «Anna». Después de
una hora, la encontré.
Había ido
en su busca con un sentimiento de paz interior, como si el libro se hubiera
cerrado, como si el relato hubiera sido la historia de un triunfo, pero eso no
me lo había esperado. Me detuve boquiabierto. Eso, eso era. La pequeña cruz se
inclinaba, ebria, con la pintura descascarada, y ahora estaba el nombre: ANNA.
Tuve ganas
de reír, pero uno no se ríe en un cementerio, ¿o sí? No sólo tuve ganas de
reír, tuve que reír. No podía dejarla así encerrada, y la risa me hizo correr
las lágrimas por la cara. Arranqué la pequeña cruz y la arrojé entre unos
arbustos.
-Está bien,
Señor Dios, me convenciste -exclamé-. Viejo amigo, Señor Dios. Es posible que a
veces seas un poco lento, pero vaya si al fin y al cabo no te sales con la
tuya.
La tumba
de Anna era una radiante alfombra roja de amapolas, respaldada por una guardia
de altramuces. Un par de árboles se susurraban cosas, y una familia de
minúsculos ratones correteaba entre el césped sin cortar. Ese era el lugar de
Anna. ¿Qué otra señal necesitaba? Un quillón de toneladas de mármol no podían
mejorarlo. Me quedé allí un rato más y, por primera vez en cinco años, le dije
adiós.
Mientras
volvía hacia la entrada del cementerio pasé junto a innumerables querubines de
mármol, y ángeles y portales. Me detuve frente a los tres metros y medio de
ángel de mármol que después de sabe Dios cuántos años, seguía empeñado en
depositar su ramillete de flores marmóreas.
-Hola,
viejo amigo -le saludé-. Jamás lo conseguirás, no te esfuerces.
Ya en los
portones del cementerio, volví a entrar, con un grito:
-La
respuesta es «En medio de mí».
El dedo de
un escalofrío me recorrió la espalda y me pareció oír la voz de Anna:
-¿A qué
pregunta te lleva esa respuesta, Fynn?
-Es muy
fácil. La pregunta es: «¿Dónde está Anna?»
Había
vuelto a encontrarla. A encontrarla en medio de mí.
Y supe,
sin ninguna duda, que en alguna parte, Anna y el Señor Dios se reían.
CUANDO ME MUERA
por
A N N A
Cuando me muera,
me moriré sola.
Nadie se morirá por mí.
Cuando esté dispuesta
te diré,
«Fynn, ponme de pie»,
y miraré
y me reiré
alegremente.
Si me caigo,
es que ya he muerto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
y decís vos...